A los férreos defensores de la ley, les escandalizaba que Jesús se sentara a comer con prostitutas de burdel, comerciantes de dudosa reputación, adúlteros, ladrones, y fornicarios. No entendieron que esto no implicaba que Él aprobara sus malas obras, sino que deseaba estar cerca de ellos para, precisamente, liberarlo de ellas. Hoy sigue siendo fundamental que los cristianos entendamos que estar cerca del pecador no significa relativizar su pecado, sino amarlo para que Cristo lo redima. Si nuestra mesa sólo admite a los “correctos”, quizá no se parece tanto a la de Jesús. Él no levantó muros; extendió la mesa. ¿Y nosotros?